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 Saga Vampiro Shan Darren

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Musa_Carrie
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MensajeTema: Saga Vampiro Shan Darren   Mar Mar 31, 2009 3:57 am

Hola!!
Quisiera compartir con ustedes mi gusto por una saga vampirica que esta apunto de salir en el cine.
Esta saga es: Vampiro de Shan Darren
Esta compuesta por doce libros que son:
1El tenebroso Cirque Du Freak
2El asistente del vampiro
3Tuneles de sangre
4La montaña de los vampiros
5Los triales de la muerte (O La ordalia de la muerte)
6El principe vampiro
7Cazadores del crepusculo
8Aliados de la noche
9Asesinos del Alba
10El lago de las almas
11El señor de las sombras
12Hijos del destino!!!

Cada uno de estos libros esta genial, ya que la historia te atrapa desde el primer momento y para demostrarlo les dejo la introduccion

Siempre me han fascinado las arañas. Cuando era más joven las coleccionaba. Pasaba horas husmeando en el viejo y polvoriento cobertizo que había al fondo de nuestro jardín en busca de telarañas, a la caza de posibles depredadoras de ocho patas al acecho. Cuando encontraba una, la llevaba dentro y la dejaba suelta en mi habitación.
¡Eso sacaba de quicio a mi mamá!
Normalmente, la araña se escabullía al cabo de uno o dos días como máximo y no volvía a verla más, pero a veces se quedaban rondando por allí más tiempo. Tuve una que hizo una telaraña encima de mi cama y permaneció montando guardia como un centinela durante casi un mes. Cuando me iba a dormir, imaginaba a la araña bajando con sigilo, metiéndose en mi boca, deslizándose garganta abajo y poniendo montones de huevos en mi tripa.Más tarde, pasado el tiempo de incubación, las crías de araña salían del huevo y me devoraban vivo desde dentro.
Me encantaba sentir miedo cuando era pequeño.
Cuando tenía nueve años, mi mamá y mi papá me regalaron una pequeña tarántula. No era venenosa ni muy grande, pero fue el mejor regalo que me habían hecho nunca. Desde que me despertaba hasta que me acostaba, jugaba con aquella araña casi a todas horas. La obsequiaba con todo tipo de manjares: moscas, cucarachas y gusanos diminutos. La malcrié.
Entonces, un día, hice una estupidez. Había estado viendo unos dibujos animados en los que uno de los personajes era succionado por una aspiradora. No le pasaba nada. Salía de la bolsa cubierto de polvo, sucio y hecho un basilisco, furioso. Era muy divertido.
Tan divertido que yo también lo probé. Con la tarántula.
Ni que decir tiene que las cosas no sucedieron precisamente igual que en los dibujos animados. La araña quedó reducida a un montón de pedacitos. Lloré mucho, pero era demasiado tarde para las lágrimas. Mi mascota estaba muerta, había sido culpa mía y ya no podía hacer nada al respecto.
Mis padres pusieron el grito en el cielo; casi les dio un ataque cuando descubrieron lo que había hecho: la tarántula les había costado una considerable cantidad de dinero. Me dijeron que era un idiota irresponsable y a partir de aquel día ya nunca más me permitieron tener una mascota, ni siquiera una vulgar araña de jardín.

* * *

He empezado contando aquella vieja anécdota por dos razones. Una de ellas resultará obvia a medida que se vaya desvelando el contenido de este libro. La otra razón es la siguiente:
Ésta es una historia real.
No espero que me creas –yo mismo no me lo creería si no lo hubiera vivido—, pero ésa es la verdad. Todo lo que explico en este libro sucedió, tal y como lo cuento.
Lo que pasa con la vida real es que, cuando haces alguna estupidez, sueles acabar pagándola. En los libros, los protagonistas pueden cometer tantos errores como quieran. No importa lo que hagan, porque al final todo sale bien. Derrotan a los malos, arreglan las cosas y todo acaba guay.
En la vida real, las aspiradoras matan a las arañas. Si cruzas una calle sin mirar y hay tráfico, eres arrollado por un coche. Si te caes de un árbol, te rompes algún hueso.
La vida real es horrible. Es cruel. Le tienen sin cuidado los protagonistas heroicos y los finales felices y cómo deberían ser las cosas. En la vida real, las cosas malas suceden. La gente muere. Las luchas se pierden. A menudo vence el mal.
Sólo quería dejar esto bien claro antes de empezar.

* * *

Una cosa más: en realidad, no me llamo Darren Shan. En este libro, todo es verdad menos los nombres. He tenido que cambiarlos porque... bueno, cuando llegues al final lo entenderás.
No he utilizado ningún nombre real, ni el mío ni el de mi hermana, mis amigos ni mis profesores. El de nadie. Ni siquiera te diré cómo se llama mi ciudad ni mi país. No me atrevo.
Pero bueno, vale ya de introducción. Cuando quieras, empezamos. Si se tratara de una historia inventada, se iniciaría durante la noche, en medio de un tormentoso vendaval, con ulular de lechuzas y extraños ruidos y crujidos debajo de la cama. Pero es una historia real, así que tengo que empezar por donde realmente comenzó.
Todo empezó en un lavabo.

Si les interesa puedo ir colgando los capitulos uno por uno, claro solo si les interesa!!!!
dejen post para ver que les parece mi idea







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MensajeTema: Re: Saga Vampiro Shan Darren   Mar Mar 31, 2009 4:46 pm

mola parece muy interesante ^^

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Musa_Carrie
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MensajeTema: Re: Saga Vampiro Shan Darren   Miér Abr 01, 2009 1:51 pm

Que bueno que te parece interesante!!!!
Aqui les dejo el primer capitulo
Yo estaba en el lavabo del colegio, sentado, tarareando una canción. Llevaba los pantalones puestos. Casi al final de la clase de inglés, me había sentido enfermo. Mi profesor, el señor Dalton, es estupendo para este tipo de cosas. Es listo, y sabe perfectamente cuándo estás fingiendo y cuándo hablas en serio. Me echó una mirada cuando levanté la mano y dije que me encontraba mal, luego asintió con la cabeza y me dijo que fuera al lavabo.
—Vomita lo que sea que te haya sentado mal, Darren –dijo—, y luego mueve el culo y vuelve a clase.
Ojalá todos los profesores fueran tan comprensivos como el señor Dalton.
Al final no vomité, pero seguía sintiendo náuseas, así que me quedé en el lavabo. Oí el timbre que señalaba el final de la clase y cómo todo el mundo salía corriendo al recreo. Yo quería unirme a ellos, pero sabía que al señor Dalton se le agotaría la paciencia si me veía tan pronto en el patio. No es que si se la juegas se ponga furioso, pero entra en un mutismo absoluto y no vuelve a hablarte en una eternidad, y eso es casi peor que tener que soportar cuatro gritos.
Así que allí estaba yo, tarareando, mirando el reloj, esperando. Entonces oí que alguien gritaba mi nombre.
—¡Darren! ¡Eh, Darren! ¿Te has caído dentro o qué?
Sonreí. Era Steve Leopard, mi mejor amigo. El verdadero apellido de Steve era Leonard, pero todo el mundo le llamaba Steve Leopard. Y no sólo porque sonara parecido. Steve era lo que mi mamá llamaba “un salvaje”. Allá donde fuera se armaba la gorda, se metía en peleas, robaba en las tiendas. Un día –todavía iba en cochecito— encontró un palo puntiagudo y se dedicó a pinchar con él a todas las mujeres que pasaban por su lado (¡no hay premio por adivinar dónde se lo clavaba!).
Era temido y desdeñado en todas partes. Excepto por mí. Yo había sido su mejor amigo desde Montessori, donde nos conocimos. Mi mamá dice que me dejaba llevar por su indocilidad, pero a mí me parecía sencillamente un gran tipo cuya compañía me encantaba. Tenía un temperamento violento, y pillaba unas rabietas verdaderamente terroríficas cuando no estaba en sus cabales, pero en esos caso yo me limitaba a largarme a toda prisa, y, una vez se había tranquilizado, volvía a aparecer.
La reputación de Steve se había suavizado con los años –su madre lo llevó a ver a un montón de excelentes preceptores que le enseñaron cómo controlarse—, pero seguía siendo una pequeña leyenda en el patio del colegio, no era la clase de tío con el que uno quisiera meterse en líos, por mucho que fuera más grande o mayor que él.
—Eh, Steve –respondí—. Estoy aquí.
Golpeé la puerta para que supiera detrás de cuál estaba.
Se precipitó hacia allí y yo abrí. Sonrió al verme sentado y con los pantalones puestos.
—¿Has vomitado? –preguntó.
—No –le dije.
—¿Y te parece que vas a hacerlo?
—Quizá –dije.
Entonces me incliné hacia delante y emití un sonido parecido a una arcada. ¡Arrrgh! Pero Steve Leopard me conocía demasiado bien como para dejarse engañar.
—Lústrame un poco las botas, ya que estás agachado –dijo, y se echó a reír cuando hice como si escupiera en sus zapatos y los frotara con un pedazo de papel higiénico.
—¿Me he perdido algo en clase? –pregunté mientras me incorporaba.
—Qué va –dijo—, la mierda de siempre.
—¿Has hecho el trabajo de historia? –volví a preguntar.
—No tiene que estar hecho hasta mañana, ¿no? –replicó él preocupado. Steve siempre anda olvidándose de las tareas escolares.
—Pasado mañana –le dije.
—Ah –suspiró, tranquilizándose—. Mejor aún. Creía que... –hizo una pausa y frunció el ceño— Espera un momento –añadió—. Hoy es jueves. Pasado mañana será...
—¡Te he pillado! –grité dándole un puñetazo en el hombro.
—¡Ay! –protestó él—. Me has hecho daño.
Se frotó el brazo, pero me di perfecta cuenta de que en realidad no le dolía.
—¿Sales fuera? –preguntó luego.
—Había pensado en quedarme aquí y admirar el paisaje –dije yo volviéndome a apoyar contra la tapa del váter.
—Qué lástima –dijo él— Íbamos perdiendo por cinco a uno cuando he venido. Probablemente ahora ya perdamos por seis o siete. Te necesitamos.
Estaba hablando de fútbol. Jugamos un partido cada día, a la hora del recreo. Mi equipo suele ganar, pero habíamos perdido a un montón de nuestros mejores jugadores. Dave Morgan se rompió la pierna. Sam White cambió de colegio cuando su familia se mudó. Y Danny Curtain había dejado de jugar al fútbol para poder pasarse todo el recreo con Sheila Leigh, la chica que le gusta. ¡Qué imbécil!
Yo soy el mejor delantero de nuestro equipo. Como defensores y centrocampistas los hay mejores que yo, y Tommy Jones es el mejor guardameta del colegio. Pero en ataque yo soy el único capaz de mantener el tipo y marcar religiosamente cuatro o cinco veces cada día.
—De acuerdo –dije levantándome—. Os salvaré. Esta semana he marcado tres goles diarios. Sería una lástima romper la buena racha.
Pasamos de largo por delante de los mayores –fumando en los lavabos como siempre— y fuimos a toda prisa hasta mi taquilla para cambiarme de ropa y ponerme las zapatillas de deporte. Antes tenía un par magnífico, que había ganado en un concurso de escritura. Pero los cordones se me habían roto hacía meses y la goma de los lados estaba empezando a despegarse. ¡Y además me crecieron los pies! El par que tengo ahora está bien, pero no son lo mismo.
Perdíamos por ocho a tres cuando entré en el terreno de juego. No era un auténtico campo de fútbol, sino sólo un patio alargado con las porterías pintadas en cada extremo. Quienquiera que las hubiera pintado era un completo idiota. ¡Había puesto el larguero más alto de un lado que del otro!
—¡No pasa nada, ha llegado Campeón Shan!— grité mientras entraba corriendo en el campo.
Muchos de los jugadores se echaron a reír o soltaron gritos de protesta, pero noté que a mis compañeros de equipo les subía la moral y cómo los contrarios empezaban a preocuparse.
Empecé a lo grande y metí dos goles en menos de un minuto. Parecía que pudiéramos volver a empatar o incluso ganar. Pero se acabó el tiempo. Si yo hubiera llegado antes nos habría ido bien, pero pitaron el final del partido justo cuando estaba empezando a cogerle el tranquillo, así que perdimos nueve a siete.
Cuando salimos del campo, apareció en el patio Alan Morris, corriendo, jadeante y acalorado. Son mis tres mejores amigos: Steve Leopard, Tommy Jones y Alan Morris. Debemos de ser los cuatro tíos más estrambóticos del mundo, porque sólo uno de nosotros –Steve—, tiene apodo.
—¡Mirad lo que he encontrado! –chilló Alan, agitando un pedazo de papel empapado delante de nuestras narices.
—¿Qué es eso? –preguntó Tommy, intentando atraparlo.
—Es... –empezó Alan, pero se detuvo cuando el señor Dalton nos soltó un grito.
—¡Vosotros cuatro! ¡Adentro! –rugió.
—¡Ya vamos, señor Dalton! –bramó Steve a su vez.
Steve es el preferido del señor Dalton y se permite con toda impunidad cosas que los demás no podríamos decir o hacer. Como cuando suelta alguna que otra palabrota al contar una de sus historias. Si yo utilizara alguna de las palabras del repertorio de Steve, hace tiempo que me habrían expulsado.
Pero el señor Dalton siente debilidad por Steve, porque es especial. A veces, en clase, es brillante y lo hace todo bien, y en cambio otras veces es incapaz de deletrear su propio nombre. El señor Dalton dice que es una especie de idiot savant, que significa que es ¡un genio estúpido!
En cualquier caso, por mucho que sea su favorito, ni siquiera Steve puede permitirse llegar tarde a clase. Así que, fuera lo que fuera lo que Alan había encontrado, tendría que esperar. Nos arrastramos de vuelta a clase, sudorosos y cansados tras el partido, y empezamos con la siguiente asignatura.
Poco imaginaba yo que el misterioso pedazo de papel de Alan cambiaría mi vida para siempre. ¡Para peor!

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MensajeTema: Re: Saga Vampiro Shan Darren   Miér Abr 01, 2009 9:04 pm

XDD esta muy bien lo buscaré ajajajaja mola

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MensajeTema: Re: Saga Vampiro Shan Darren   Vie Abr 03, 2009 5:26 am

capitulo 2
Después del recreo volvíamos a tener al señor Dalton, en clase de historia. Estábamos estudiando la Segunda Guerra Mundial. A mí no me entusiasmaba demasiado, pero a Steve le parecía fascinante. Le encantaba todo lo que tuviera que ver con las matanzas y la guerra. A menudo decía que de mayor quería ser un mercenario, un soldado que combate por dinero. ¡Y hablaba en serio!
Después de historia teníamos matemáticas, y además –increíble—, ¡el señor Dalton por tercera vez! Nuestro profesor de mates habitual estaba enfermo, y los otros tenían que suplirle lo mejor que pudieran a lo largo del día.
Steve estaba en el séptimo cielo. ¡Tres clases seguidas con su profesor favorito! Era la primera vez que el señor Dalton nos daba mates, y Steve empezó a hacerse notar; le dijo por qué punto del libro íbamos y le explicó algunos de los problemas más capciosos como si estuviera hablando con un crío. Al señor Dalton no le importó. Conocía a Steve y sabía perfectamente cómo manejarle.
Por regla general el señor Dalton sabía cómo gobernar el barco –sus clases son divertidas pero siempre salimos habiendo aprendido algo—, pero no era muy bueno en matemáticas. Ponía todo su empeño, pero nosotros notábamos que aquello le sobrepasaba, y mientras él se esforzaba por resolver algún problema –la cabeza enterrada en el libro de matemáticas, Steve a su lado haciéndole “útiles” sugerencias—, los demás empezamos a movernos, a hablar y a pasarnos notas unos a otros.
Le envié una nota a Alan pidiéndole que me dejara ver el misterioso papel que había traído consigo. Al principio se negó a hacerlo circular, pero yo no dejé de mandarle notas hasta que se dio por vencido. Tommy se sentaba sólo dos sitios más allá, así que le llegó a él primero. Lo desdobló y empezó a estudiarlo. Mientras leía se le iluminó la cara y se quedó literalmente con la boca abierta. Cuando me lo pasó a mí –tras haberlo leído tres veces— en seguida supe por qué.
Era un cartel, un folleto publicitario de una especie de circo ambulante. En la parte superior se veía la imagen de una cabeza de lobo. El lobo tenía la boca abierta y le goteaba saliva de entre los dientes. Al pie del papel podían verse las imágenes de una araña y una serpiente, también de aspecto maligno.
Justo debajo del lobo, en grandes letras capitales, se leían las palabras:

CIRQUE DU FREAK

Y más abajo, en letras más pequeñas:

¡SÓLO DURANTE UNA SEMANA! — ¡CIRQUE DU FREAK!
VEA:
¡SIVE Y SEERSA, LOS GEMELOS DE GOMA!
¡EL NIÑO SERPIENTE! — ¡EL HOMBRE LOBO! — ¡GERTHA DIENTES!
¡LARTEN CREPSLEY Y SU ARAÑA ADIESTRADA, MADAM OCTA! –
¡ALEXANDER CALAVERA! — ¡LA MUJER BARBUDA! –
¡HANS EL MANOS!
¡RHAMUS DOSTRIPAS, EL HOMBRE MÁS GORDO DEL MUNDO!

Debajo había una dirección en la que se podían comprar entradas y obtener información sobre el lugar en que se ofrecía el espectáculo. Y al pie, justo sobre las imágenes de la serpiente y la araña:

¡NO APTO PARA COBARDES!
¡RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN!


“¿Cirque du Freak?” –murmuré para mis adentros.
Cirque significa circo en francés... ¡Circo de Freaks! ¿¡Era un espectáculo de freaks!? Eso parecía.
Empecé a leer el cartel de nuevo, absorto en los dibujos y las descripciones de los artistas. De hecho, estaba tan ensimismado que me olvidé del señor Dalton. No me acordé de él hasta que me di cuenta de que el aula estaba en silencio. Levanté la vista y vi a Steve en pie, solo, al fondo de la clase. Me sacó la lengua y sonrió. Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca, miré por encima del hombro y... allí estaba el señor Dalton, detrás de mí, leyendo el cartel con los labios apretados.
—¿Qué es eso? –me espetó, arrancándome el papel de las manos.
—Propaganda, señor –respondí.
—¿De dónde lo has sacado? –preguntó. Parecía enfadado de verdad. Nunca le había visto tan alterado—. ¿De dónde lo has sacado? –volvió a preguntar.
Me pasé la lengua por los labios nerviosamente. No sabía qué contestar. No estaba dispuesto a implicar a Alan –y sabía que él no iba a confesar por iniciativa propia: hasta los mejores amigos de Alan saben que no es el tío más valiente del mundo—, pero tenía la mente bloqueada, y era incapaz de pensar en alguna mentira razonable. Por fortuna, intervino Steve.
—Es mío, señor –dijo.
—¿Tuyo? –parpadeó lentamente el señor Dalton.
—Lo encontré cerca de la parada del autobús, señor –dijo Steve—. Un hombre mayor lo tiró al suelo. Pensé que parecía interesante, así que lo recogí. Tenía la intención de preguntarle a usted más tarde, al acabar la clase.
—Ah. –El señor Dalton intentó no mostrarse halagado, pero yo noté que así era como se sentía—. Eso es otra cosa. No hay nada de malo en tener una mente inquieta. Siéntate, Steve.
Steve se sentó. El señor Dalton puso un poco de masilla adhesiva Blu—Tack en el cartel y lo pegó a la pizarra.
—Hace mucho tiempo –dijo, dando golpecitos al cartel—, existían espectáculos de freaks auténticos. Había hombres codiciosos y sin escrúpulos que con engaños conseguían enjaular a personas con malformaciones y...
—Señor, ¿qué significa “con malformaciones”? –preguntó alguien.
—Personas que no tienen el mismo aspecto que los demás –dijo el señor Dalton—. Una persona con tres brazos o dos narices; otra sin piernas; otra demasiado bajita o demasiado alta. Aquellos embaucadores exhibían a esa pobre gente –que no son distintos a ninguno de nosotros excepto por su aspecto— y les llamaban freaks. Cobraban al público por contemplarlos e incitaban a los asistentes a reírse y a burlarse de ellos. Trataban a los así llamados “freaks” como si fueran animales. Les pagaban una miseria, les pegaban, los vestían con harapos, nunca les permitían lavarse.
—Eso es una crueldad, señor –dijo Delaina Price, una chica que se sentaba cerca de la primera fila.
—Sí –convino él—. Los espectáculos de freaks eran una crueldad, creaciones monstruosas. Por eso me enojo cuando veo estas cosas. –Arrancó el cartel de la pizarra—. Los prohibieron hace años, pero con demasiada frecuencia oye uno rumores de que siguen existiendo.
—¿Usted cree que el Cirque du Freak es un espectáculo de freaks auténticos? –pregunté.
El señor Dalton estudió el cartel de nuevo y meneó la cabeza.
—Lo dudo –dijo—. Lo más probable es que no sea más que un cruel engaño. Con todo –añadió—, aun en el caso de que fuera auténtico, espero que nadie de los aquí presentes sueñe siquiera con ir.
—Oh, no, señor –dijimos todos a una.
—Porque los espectáculos de freaks eran algo horrible –dijo—. Pretendían equipararse a los circos decentes, pero no eran más que pozos de maldad. Cualquiera que asistiera a uno de esos espectáculos sería tan malvado como quienes los regentan.
—Tiene que ser uno muy retorcido para querer asistir a ese tipo de espectáculos, señor –convino Steve. Y acto seguido me miró, me guiño el ojo y vocalizó sin pronunciarlo en voz alta—: ¡Iremos!

CAPÍTULO TRES
Steve convenció al señor Dalton de que le permitiera conservar el cartel. Le dijo que lo quería para colgarlo en la pared de su habitación. El señor Dalton no estaba dispuesto a dárselo, pero luego cambió de opinión. Aunque arrancó la dirección escrita al pie del papel antes de entregárselo.
A la salida de clase nos reunimos los cuatro –yo, Steve, Alan Morris y Tommy Jones— en el patio y estudiamos detenidamente el cartel satinado.
—Tiene que ser una engañifa –dije.
—¿Por qué? –preguntó Alan.
—Los espectáculos de freaks ya no están permitidos –le expliqué—. Los hombres lobo y los niños serpiente fueron ilegalizados hace años. Lo ha dicho el señor Dalton.
—¡No es ninguna estafa! –insistió Alan.
—¿De dónde lo has sacado? –preguntó Tommy.
—Lo robé –dijo Alan en voz baja—. Es de mi hermano.
El hermano mayor de Alan era Tony Morris, el más camorrista de todo el colegio hasta que le echaron. Es grandullón, malo y feo.
—¿Que se lo has robado a Tony? –solté un grito sofocado—. ¿Es que quieres que te mate?
—Nunca sabrá que he sido yo –dijo Alan—. Lo tenía guardado en un par de pantalones que mamá metió en la lavadora. Al cogerlo, lo sustituí por un papel en blanco. Pensará que la tinta se ha diluido.
—Muy listo –aprobó Steve.
—¿Y de dónde lo sacó Tony? –pregunté yo.
—Un tipo con el que se cruzó en un callejón –dijo Alan—. Uno de los artistas del circo, un tal míster Crepsley.
—¿El de la araña?
—Sí –respondió Alan—, pero no la llevaba encima. Era de noche y Tony volvía del pub.
Tony no tiene edad suficiente como para que le sirvan en un pub, pero anda por ahí con tíos mayores que le piden las bebidas.
—Míster Crepsley le dio el papel a Tony –prosiguió Alan— y le dijo que llevan un espectáculo freak y actúan clandestinamente en pueblos y ciudades de todo el mundo. Le dijo que tienes que llevar un cartel para poder comprar entradas, y que sólo se las venden a gente en la que confíen. Se supone que no puedes hablarle a nadie del espectáculo. Yo lo descubrí porque Tony estaba alegre, como se pone cuando bebe, y no pudo mantener la boca cerrada.
—¿Cuánto cuestan las entradas? –preguntó Steve.
—Quince libras cada una.
—¡Quince libras! –gritamos todos a una.
—¡Nadie estará dispuesto a pagar quince libras sólo para ver a un puñado de freaks! –resopló Steve.
—Yo sí –dije.
—Y yo también –me apoyó Tommy.
—Y yo –añadió Alan.
—Claro –dijo Steve—, pero no podemos permitirnos tirar a la basura quince libras porque no las tenemos. Así que no hay que darle más vueltas, ¿no?
—¿Qué significa eso de darle vueltas? –preguntó Alan.
—Significa que no podemos pagarnos las entradas, así que no importa si queremos comprarlas o no –le explicó Steve—. Es fácil decir que “comprarías” algo cuando sabes perfectamente que “no puedes”.
—¿Cuánto tenemos? –preguntó Alan.
—Dos miserables peniques –reí. Era una frase que mi padre decía a menudo.
—Me gustaría ir –dijo Tommy tristemente—. Suena fantástico.
Y volvió a examinar el cartel.
—Al señor Dalton no se lo parecía tanto –dijo Alan.
—Precisamente a eso me refiero –dijo Tommy—. Si al “señor” no le gusta, entonces tiene que ser súper. Todo lo que los adultos detestan suele ser genial.
—¿Seguro q ue no tenemos bastante? –pregunté—. Quizá hagan descuento a los menores.
—No creo que dejen entrar a menores –dijo Alan, pero de todas formas me confesó cuánto tenía él—. Cinco libras con setenta.
—Yo tengo exactamente doce libras –dijo Steve.
—Yo seis libras y ochenta y cinco peniques –dijo Tommy.
—Y yo tengo ocho libras con veinticinco –añadí—. En total es más de treinta libras –dije, sumando mentalmente—. Mañana nos dan la paga. Si lo juntamos todo...
—Pero las entradas ya están casi agotadas –interrumpió Alan—. La primera función fue ayer. Acaba el martes. Si vamos, tiene que ser o mañana por la noche o el sábado; nuestros padres no nos dejan salir ninguna otra noche. El tipo que le dio a Tony el cartel le dijo que las entradas para esas dos noches casi se habían agotado ya. Tendríamos que comprarlas esta misma noche.
—Vaya, tanto rollo para nada –dije, poniendo cara de chulo.
—Puede que no –dijo Steve—. Mi madre guarda un fajo de billetes en casa, en un jarrón. Podría coger prestado un poco de dinero y devolverlo cuando nos den la paga.
—¿Estás hablando de robar? –pregunté.
—Estoy hablando de “tomar prestado” –me espetó—. Sólo es robar si no lo devuelves. ¿Qué decís?
—¿Y cómo conseguiremos las entradas? –preguntó Tommy—. Mañana hay cole, así que esta noche no nos dejarán salir de casa.
—Yo puedo escaparme –dijo Steve—. Me encargaré de comprarlas.
—Pero el señor Dalton ha roto la parte que tenía la dirección –le recordé—. ¿Cómo sabrás adónde ir?
—La he memorizado –sonrió—. Bueno, ¿vamos a pasarnos la noche aquí buscando excusas o nos decidimos de una vez?
Nos miramos unos a otros; luego fuimos asintiendo en silencio.
—Muy bien –dijo Steve—. Vamos corriendo cada uno a su casa, cogemos la pasta y volvemos a encontrarnos aquí. Decid a vuestros padres que habéis olvidado un libro o algo así. Juntamos todo el dinero y yo añadiré lo que falte del bote de mi casa.
—¿Y qué pasará si no puedes robar... quiero decir, tomar prestado el dinero? –pregunté.
Se encogió de hombros.
—Entonces no hay negocio. Pero nunca lo sabremos si ni siquiera lo intentamos. Y ahora venga, ¡deprisa!
Dicho esto, se marchó a todo correr. Momentos después, Tommy, Alan y yo nos decidimos y echamos a correr también.

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